La fisiognomía sostiene que el rostro es un mapa del carácter interior y el destino. Filósofos griegos antiguos, incluyendo a Aristóteles, escribieron tratados sistemáticos vinculando rasgos faciales con rasgos de personalidad y disposición moral.
En la Europa medieval y renacentista, la fisiognomía se enseñaba junto a la astrología y la medicina como una de las ciencias naturales. Los practicantes leían la frente para la capacidad intelectual, los ojos para la veracidad, la nariz para la voluntad y la mandíbula para la determinación.
La metoposcopia — lectura específica de las arrugas de la frente — se convirtió en una subdisciplina distinta en el siglo XVI.