Desde el descubrimiento de Mesmer de lo que llamó magnetismo animal, los practicantes buscaron un instrumento confiable para detectar esa fuerza invisible en personas y objetos. El biómetro, publicado en la revista ocultista rusa Izida hacia 1909-1914, fue uno de esos instrumentos, construido sobre las teorías del barón Karl von Reichenbach, quien denominó esa energía "fuerza ódica."

El instrumento
El dispositivo es sencillo: una pequeña aguja fusiforme, de aproximadamente una pulgada de longitud, suspendida en un hilo largo dentro de un tubo de cristal. El extremo exterior del tubo está sellado con un tapón. Para usarlo, se suspende el tubo a la altura de la mesa y el sujeto acerca la mano al cristal sin tocarlo. La respuesta de la aguja revela la calidad y la fuerza del campo vital de la persona.
Leer la aguja
Rotación en sentido horario: positiva, asociada a la salud y a una fuerte carga vital. En sentido antihorario: negativa, vinculada a la enfermedad, el agotamiento o la energía perturbada. La velocidad y el arco del movimiento añaden matices: una rotación amplia y constante se lee de manera distinta a una oscilación lenta y vacilante.
Cómo se usaba
Los practicantes empleaban el biómetro con tres fines. Primero, evaluar la fuerza magnética de una persona antes de cualquier trabajo de sanación. Segundo, diagnosticar el estado de una región corporal concreta manteniendo el tubo sobre diferentes zonas para comparar respuestas. Tercero, examinar objetos en busca de carga residual, práctica basada en la creencia de que los materiales absorben y retienen improntas ódicas del entorno.
Legado y uso moderno
El instrumento pertenece a la tradición más amplia de la radiestesia y el péndulo, pero su diseño en tubo de cristal buscaba aislar la aguja de las corrientes de aire y los movimientos de la mano del lector, haciendo las respuestas más legibles.